Los quinientos sesenta euros más difíciles de ganar

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Por: Sabina Triana 

Budapest (Hungría) 

Todo cambió muy rápido en la oficina en la que trabajaba. Al inicio era más pequeña y trabajabamos juntos en armonía. Todos sobrellevamos la carga moral de estar trabajando prácticamente estafando a personas en territorios lejanos. Vendíamos opciones de acciones por Internet; pero nuestro robot estaba programado para hacer a los clientes perder, y nuestro intrincado sistema de términos y condiciones no les daba chance de recuperar la inversión inicial de doscientos cincuenta dólares o euros. Mucho menos a quienes pasaban a retención e invierten finalmente más de cinco mil dólares.

 Pero la estafa no era el problema principal. El problema era el jefe mayor. Nuestro centro de atención quedaba en Europa Central, pero cuando en Israel prohibieron este tipo de negocio, el call center matriz que se encargaba de los clientes grandes se mudó con nosotros a Budapest y con los agentes llegaron los dos jefes mayoritarios: el peor era el principal.

 Este personaje digno de un batallón militar llegó a comprar y enlodar todo con su dinero a nuestra oficina. En mi área trabajábamos tres mujeres. Las dos anteriores llevaban trabajando un año. A ellas les daba billetes de diez mil y veinte mil florines cuando estaba de buen humor y a mi no me daba nada. Trabajar junto a la húngara ya era bastante difícil y yo merecía más propina por esto que por el trabajo que hacía.

 Yo no estaba vendiendo nada, solo recolectaba los documentos de los inversores para que luego finanzas les negará la devolución del dinero. La húngara hacia lo mismo a mi lado y nos dividimos el trabajo, pero ella era una persona difícil. Le gustaba comentar muchas cosas acerca de cómo los migrantes violan y toman los trabajos de los europeos, de cómo el ataque a la Universidad Liberal -CEU era fundamentado, y más allá de nuestras diferencias políticas, no le gustaba trabajar: se tomaban dos descansos, era perezosa y hablaba cosas sin mucho sentido ni contenido a nuestro manager original, el buen jefe inicial: Fabio.

 Tolerar a Sofía era fácil pero no con los nuevos alrededor. El jefe mayor tenía tendencias psicóticas, golpeaba las mesas y gritaba. Les gritaba a los empleados groserías cómo: “come on motherfuckers, show me the money” dos veces al dia gritaba por el teléfono a alguien en hebreo y nos extrañaba cuando no lo hacía.

 Era triste ver cómo la gente perdía sus ahorros o la ilusión de otra oportunidad a manos de nuestros agentes: pero era más triste ver como mis colegas en su mayoría provenientes de otras nacionalidades, tenían que aguantar este trato de amo-esclavo en plena Europa Central. Muchas preguntas venían a mi cuando me encontraba de turno, el trabajo de nosotras era bastante fácil y repetitivo, durante los primeros tres meses pude escribir cuarenta hojas de mi tesis de maestría mientras laboraba.

 Cuando el jefe llegó no podía usar el celular, no podia reír, ni hablar, ni leer. Sus movimientos corporales eran fuertes, a pesar de que era un hombre de talla baja. Golpeaba enérgicamente el piso y aplaudía en un sonido infernal que me hacia retorcer de fastidio.

 Se enojaba cuando no hacía al menos diez mil dólares diarios y gritaba a Fabio quien era una persona muy calmada y sin orgullo de trabajar en esto. La actitud era típica de una persona que piensa que puede comprarlo todo con dinero. Días después de explicar que renunciaba porque quería buscar un trabajo en mi carrera, le pregunté en qué basaba su sistema de propinas; ese dia me dijo que si yo no había recibido nunca y más tarde me tiro delante de las compañeras un billete de diez mil mientras decía : aunque nos dejes toma.

 Incluso la persona con la que logre tener afinidad, mi otra compañera llamada Sara solía decir en medio de las oportunidades para hablar que parecíamos estar en la cárcel. Resultaba insoportable tener a una persona histérica todo el dia alrededor, gritando y tan enojado. Tomé la decisión de renunciar  y no quise ver mas qué pasaba con su actividad y su oficina.

 De esta experiencia trabajé la paciencia, esperando a que acabase el mes de abril teniendo un jefe perverso. Aprendí que se puede hacer un trabajo vergonzoso con un buen equipo, pero que no se puede hacer ninguna clase de trabajo con un déspota a cargo.

 Durante los últimos días de mi turno, los minutos y segundos contaban entre cerrar y abrir el archivo en el que escribí esta crónica.Refugiada en mi español que nadie entendía. De cuando en cuando miraba por la ventana el cielo azul de la primavera y las nubes moviéndose lentamente, en su apaciguante magia, el cuadro me recordaba que todo iba a acabar pronto, ya casi estaría fuera.

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